domingo, 17 de marzo de 2013

Navarra cuestión de Estado.

Angel Rekalde
Diario de Noticias
 
HACE unas semanas Martxelo Otamendi proponía una reflexión sobre la territorialidad de nuestro país. Aventuraba que un inteligente estratega español lo tendría fácil para embrollarnos y dividirnos. Y mencionaba la patata caliente de la Alta Navarra. Discrepo con el aviso. No necesitamos la inteligencia del maquiavelo de turno. Basta la sugerencia de Martxelo para que el estratega del bando propio, también muy inteligente, corra a afilar sus dardos y lanzarlos al ojo del vecino.

No insistiré en ello. El depósito de despropósitos lo tenemos bien cubierto. Sin embargo, creo que la estrategia española va más allá del juego de enfrentarnos y enredarnos. Que también, por supuesto. Pero desde hace mucho, lo explicaba Telesforo Monzón, en el tema vasco Navarra ha sido, y sigue siendo, cuestión de Estado. Lo podríamos documentar con ejemplos abundantes y sustanciosos (la llamada Transición ofrece un buen repertorio). Pero, sobre todo, no se puede responder al emplazamiento de Martxelo ignorando este detalle o frivolizando.

Navarra es cuestión de Estado porque en su devenir histórico -y las sociedades son entes históricos; lo siento por todas las ingeniosas divagaciones que olvidan este dato- define un planteamiento del conflicto que es el más ajustado. Estratégico. Lo dice Mariano Marzo: la primera condición para solucionar un problema es formularlo correctamente (principio básico, por cierto, de la teoría científica de los paradigmas). 

Navarra es cuestión de Estado porque conserva un profundo sentido de la memoria histórica
Es cuestión de Estado, por ejemplo, porque sitúa en clave de conflicto internacional lo que en términos aranistas se presenta como mero problema interno. Hispano. De españoles que demandan (o sueñan) dejar de serlo.

Porque Navarra ha sido un Estado independiente, y en sus hitos y circunstancias se hace patente la violencia y la ilegitimidad de las pretensiones españolas de dominación y derechos sobre la sociedad vasca. Y la Constitución del 78, al proclamar al pueblo español como único sujeto de decisión, establece pretensiones y derechos que se imponen sobre nosotros.

Porque así definido el conflicto, desde la posición navarra, como territorio conquistado, la querella de fondo es una disputa de soberanía. Arrebatada, pero real, no imaginaria. No aspiración discutible. Con un sujeto colectivo que existe, que no hay que inventar o fantasear, que no hay que argumentar contra la lógica de las coyunturas o las oportunidades. Que está ahí, previo a ellas, y que en su dominación y negación actualiza y hace presente la violencia que algunos remiten a la historia.

Navarra es cuestión de Estado porque en su territorialidad histórica simboliza la unión de todos los actuales pedazos de la sociedad vasca. Tema que no es baladí, frente a la fragmentación deliberada que nos han impuesto. Pero incluso en su territorialidad actual (la Alta Navarra actual, más allá de la mención que hace Martxelo) representa una parte sustancial del país. Y ello significa la centralidad física del territorio en la medida en que agrupa y da continuidad a lugares tan dispersos como la CAV o Zuberoa. Sin ese espacio central nuestro país queda completamente desarticulado. Ya sabe el Estado, mejor que nuestros estrategas, con qué claves reales de la ordenación y construcción de las sociedades juega.

Navarra es cuestión de Estado, por mucho que pese a más de uno, porque conserva un profundo sentido de la memoria histórica. Y ese es un valor societario y un importante capital de futuro. Una nación dominada se define también por las luchas y los retos a los que ha de responder, y en los que se afirma y se fortalece. Se construye. Su liberación, en ese sentido, se va forjando en su modo de dotarse y organizar, en cómo se valore en términos de autoestima y formulación de prioridades. Y eso nos lleva a que un modelo de nación limitado a un mero fundamento lingüístico nos aboca a un nacionalismo étnico, de comunidad, cuando lo que exigen los tiempos es un modelo cívico, de carácter territorial y político. Etcétera, etcétera. Este debería ser el debate.